Dentro del corazón quemado del parque natural de la Sierra de Espadán

Las montañas calcinadas que rodean el pueblo de Eslida.

Es como si hubiese nevado en pleno agosto. Pero no es nieve, es ceniza. Las 3.750 hectáreas calcinadas dentro del parque natural de la Sierra de Espadán han quedado cubiertas por un manto blanco que delata la violencia del incendio: cuanto más claro es el suelo, mayor fue la temperatura que alcanzaron las llamas, hasta los 700 grados. Un pino de unos 30 años ha terminado desplomado sobre la ladera. Su tronco se ha abierto en dos y de la herida sigue saliendo una densa columna de humo. Los servicios de emergencia lo vigilan porque cualquier golpe de viento puede reavivar el fuego. A su alrededor, los árboles que aún permanecen en pie conservan el negro del hollín en los troncos y las copas consumidas. Los que no resistieron yacen atravesados sobre los senderos. Las personas han podido salvar sus casas. Muchos animales, en cambio, han perdido la suya.

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Los efectos del incedio sobre la Sierra de Espadán en Castellón en pista forestal entre Artan y Eslida. Medios aéreos descargan agua sobre la montaña de Alcudia de Veo, el 31 de julio.Dos bomberos forestales en una pista forestal en la Sierra de Espadán, el 31 de julio. Un termómetro marca 60 grados en Sierra del Espadán, a 31 de julio. Una pista forestal entre Artan y Eslida tras el paso del fuego. El incendio de la Vall d’Uixó ha dejado 3.750 hectáreas convertidas en un paisaje de ceniza, árboles carbonizados y humo que aún emerge del suelo una semana después  

Es como si hubiese nevado en pleno agosto. Pero no es nieve, es ceniza. Las 3.750 hectáreas calcinadas dentro del parque natural de la Sierra de Espadán han quedado cubiertas por un manto blanco que delata la violencia del incendio: cuanto más claro es el suelo, mayor fue la temperatura que alcanzaron las llamas, hasta los 700 grados. Un pino de unos 30 años ha terminado desplomado sobre la ladera. Su tronco se ha abierto en dos y de la herida sigue saliendo una densa columna de humo. Los servicios de emergencia lo vigilan porque cualquier golpe de viento puede reavivar el fuego. A su alrededor, los árboles que aún permanecen en pie conservan el negro del hollín en los troncos y las copas consumidas. Los que no resistieron yacen atravesados sobre los senderos. Las personas han podido salvar sus casas. Muchos animales, en cambio, han perdido la suya.

Ha pasado una semana desde que se declaró el incendio en la Vall d’Uixó (Castellón), y 24 horas desde que se dio por estabilizado, pero la montaña sigue humeando. Hay puntos calientes repartidos por toda la superficie calcinada. En algunos lugares, el humo sale del suelo. El monte parece apagado, pero bajo la ceniza todavía conserva el calor del incendio. El olor a humo se cuela por la nariz y ahí se queda. En algunos puntos resulta casi irrespirable. Sobre ese silencio roto, sólo se impone el zumbido constante de los helicópteros, que sobrevuelan la Sierra de Espadán para descargar agua sobre los focos que aún permanecen calientes.

La vida intenta abrirse paso entre el paisaje negro. Los insectos deambulan sin rumbo. Una avispa recorre el esqueleto de un árbol reducido a ramas carbonizadas. A lo lejos, un búho ulula sin que apenas haya ya bosque que le responda. Los primeros vecinos que regresaron a sus casas en la Vall d’Uixó contaban que se sentían extraños en sus propios hogares después del incendio. Esa misma sensación parece extenderse ahora a los habitantes no humanos del parque natural. Al caer la tarde, el parque natural de la Sierra de Espadán, entre los municipios de Artana y Eslida, muestra las cicatrices del incendio que ha transformado su paisaje.

Las cifras permiten medir la magnitud de la devastación. El fuego ha calcinado 9.568 hectáreas en total, ha dejado un perímetro de 89 kilómetros y ha reducido a cenizas cerca del 12% de la superficie del parque natural de la Sierra de Espadán, según las primeras estimaciones confirmadas por el consejero de Emergencias e Interior, Juan Carlos Valderrama. Un golpe devastador para uno de los grandes pulmones verdes de Castellón y el segundo parque natural más extenso de la Comunitat Valenciana. La Sierra de Espadán, un imponente macizo montañoso salpicado de fuentes, barrancos y frondosos bosques de alcornoques, es uno de los enclaves naturales más singulares de la región.

“Aquí se alberga el alcornocal mejor conservado de la Comunitat Valenciana”, explica Ferran Dalmau-Rovira, ingeniero forestal y experto en incendios forestales. El alcornoque, que crece rodeado de pinares rodenos, es una de las especies mejor adaptadas al fuego. Su gruesa corteza de corcho actúa como un escudo frente a las altas temperaturas y le permite sobrevivir a incendios que arrasan con otras especies. Sin embargo, cuando las llamas alcanzan una intensidad extrema o afectan a árboles que han sido descorchados recientemente, el daño puede ser irreversible y provocar una mortalidad elevada. La verdadera dimensión del impacto no se conocerá de inmediato. “La evaluación definitiva requerirá cartografía de severidad y un seguimiento durante los próximos meses”, añade.

Quienes viven del alcornoque no comparten la cautela. Adolfo Miravet, gerente de Espadán Corks, una empresa dedicada a la elaboración de tapones de corcho natural para vino, calcula que el incendio ha golpeado cerca del 10% de los alcornoques del parque. “La afectación es gravísima”, dice. “El daño es muy grande y harán falta años para recuperarlo”. Miravet, que también preside la Asociación de Silvicultores de la Comunitat Valenciana, no deja de pensar en lo que pudo ocurrir. “No podemos permitir que un parque natural arda así. Menos mal que lograron parar el fuego en Alcudia de Veo. Si llega a pasar de ahí, habría alcanzado Villanueva de Viver y, desde allí, Teruel”.

Al salir de la zona cero del incendio, entre los municipios de Aín y Eslida, donde se encontraba la cabeza del incendio durante los últimos días, un grupo de bomberos forestales llegados desde Valencia descansa mientras come algo. Acaban de ascender por una ladera prácticamente inaccesible, cargando con las mangueras para refrescar los puntos calientes y evitar que el fuego vuelva a ganar terreno. “¿Cómo habéis subido hasta ahí arriba?”. “Como las cabras. Por eso nos ves ahora reventados”, responde uno de ellos. Están tumbados sobre la hierba, exhaustos, en una zona donde el monte parece recuperar calma y color verde.

“Hay zonas donde el fuego ni siquiera llegó a consumir toda la vegetación”, explica uno de los bomberos forestales. El incendio, cuenta, tuvo dos comportamientos muy distintos. Durante los dos primeros días, tras declararse en la Vall d’Uixó, avanzó con una intensidad extrema. “Se convirtió en un incendio convectivo: generó una enorme columna de humo y calor capaz de crear su propia dinámica atmosférica”. Impulsadas por el viento de poniente, las llamas avanzaron hacia la costa hasta que se quedaron sin combustible. Después llegó un cambio de viento. “Entraron las brisas y el incendio se metió hacia el interior. Empezó a remontar las laderas y los barrancos, ahí fue quemando poco a poco y de otra manera”. Esa diferencia explica que, en algunas zonas, el fuego dejara rodales de vegetación intacta junto a otras completamente calcinadas, lo que facilitará la regeneración del monte.

“Los dos primeros días fue un incendio fuera de capacidad de extinción. Ahí no se podía hacer nada”, añade su compañero. A su lado, un bombero que combatió las llamas desde el primer día rebobina mentalmente hasta aquellas primeras horas. “El fuego no corría especialmente rápido, pero el frente era inmenso. Miraras donde miraras, todo era fuego. Todo eran llamas”, recuerda. Durante casi una semana, el incendio ha puesto al límite a los servicios de emergencia. Han sido días de relevos encadenados, noches sin dormir y ascensos interminables por una montaña abrupta que apenas ha dado respiro.

Con el incendio ya estabilizado, la sierra aparece partida en dos. En algunas zonas hay laderas completamente negras, árboles reducidos a esqueletos y el suelo cubierto de ceniza. En otras, el monte conserva el verde intacto, como si las llamas hubieran decidido detenerse en una línea invisible. En uno de los puestos de mando cerca de la zona cero, un jefe de bomberos observa el paisaje y resume en una frase lo que cuesta entender al recorrerlo: “El fuego es caprichoso. Hay zonas completamente calcinadas al lado de otras que han quedado intactas”. En Alcudia de Veo, en pleno corazón de la Sierra de Espadán, esa frase cobra sentido. Isabel Pérez vuelve a su casa con su hija después de varios días fuera. Es la primera vez que la vecina contempla el pueblo tras el incendio. Mira las montañas que lo rodean, busca las cicatrices del fuego y, casi sin darse cuenta, suspira. “No está tan mal. Me lo esperaba peor”, dice antes de seguir hacia casa.

Para el ingeniero forestal Ferran Dalmau-Rovira, los árboles son solo la parte más visible de la tragedia. Lo que preocupa ahora es lo que no se ve. “Las consecuencias más graves son la pérdida de suelo fértil por la erosión, la alteración del régimen hidrológico, la fragmentación del hábitat y la pérdida temporal de biodiversidad”, explica. A ese impacto se suma otro menos evidente: el daño sobre especies protegidas y la oportunidad que el incendio abre para que proliferen especies invasoras u oportunistas antes de que el ecosistema consiga recuperarse. “Además, un incendio de esta magnitud modifica durante años el comportamiento del paisaje frente a futuros incendios”, añade.

Las zonas donde el fuego pasó de largo ofrecen un respiro para la vista. A la salida de Onda, bajo la sombra de una parada de autobús, un grupo de bomberos forestales llegados desde Murcia aprovecha unos minutos para recuperar el aliento antes de volver al monte. El descanso dura poco. “Siguen saliendo puntos calientes. Acabamos de apagar uno del que salía bastante humo. Hay que tener mucho cuidado porque el incendio todavía puede reactivarse”, explica uno de ellos. Algunos llegaron a Castellón directamente desde el gran incendio de Ávila, sin apenas tiempo para recuperarse. Pero aseguran que aquí el trabajo es distinto. “El terreno es mucho peor. Los bancales nos obligan a subir y bajar continuamente con todo el material y eso lo hace muy duro”, cuenta otro mientras se pone el casco antes de regresar a la sierra. En ese momento, un coche reduce la velocidad al pasar junto a ellos. El conductor baja la ventanilla y les grita: “¡Muchísimas gracias por lo que hacéis!”. Los bomberos responden con una sonrisa. “Aquí la gente quiere muchísimo a su monte”, dice uno de ellos.

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