Lorde, Jennie, Zara Larsson, Reneé Rapp y todas las superchavalas del mundo

Bienvenidos al día de la mujer mundial en Mad Cool, con la neozelandesa Lorde como cabeza de cartel. En torno a ella, ocupando este jueves los escenarios principales del festival madrileño, la sueca Zara Larsson, la estadounidense Reneé Rapp y la irlandesa CMAT. Jefas del pop contemporáneo a las que además se unirán la británica Florence + The Machine y la surcoreana Jennie, que aún no habían actuado al cierre de esta edición. Si en la jornada anterior de Mad Cool el protagonista fue el rock poderoso, con Foo Fighters como estrellas, en este segundo día se han escuchado una y otra vez canciones actuales de pop de todo tipo, cercanas a la electrónica, el country, el funk o la canción de autor.

 Las cantantes de pop han dominado la segunda jornada del festival Mad Cool, con la estrella neozelandesa como icono generacional  

Bienvenidos al día de la mujer mundial en Mad Cool, con la neozelandesa Lorde como cabeza de cartel. En torno a ella, ocupando este jueves los escenarios principales del festival madrileño, la sueca Zara Larsson, la estadounidense Reneé Rapp y la irlandesa CMAT. Jefas del pop contemporáneo a las que además se unirán la británica Florence + The Machine y la surcoreana Jennie, que aún no habían actuado al cierre de esta edición. Si en la jornada anterior de Mad Cool el protagonista fue el rock poderoso, con Foo Fighters como estrellas, en este segundo día se han escuchado una y otra vez canciones actuales de pop de todo tipo, cercanas a la electrónica, el country, el funk o la canción de autor.

El superpoder de Lorde es el candor y la empatía que despiertan sus letras y sus interpretaciones a flor de piel. Al empezar su actuación, en las pantallas se mostraba un electrocardiograma; inmediatamente, ha cantado su mayor éxito, ‘Royals’, y en ella se podía encontrar la agitación de esa emoción que se arrebata y se sale del control del cerebro. Lo mismo ha sucedido en las más recientes ‘What Was That’ y ‘Broken Glass’, torbellinos emocionales que evocan una emoción al límite. ¿Qué joven no se sentiría identificado? Las decenas de miles que han atrapado el concierto en sus móviles mientras se ponía el sol parecían vivirlo y cantarlo como algo realmente íntimo.

«Esto es real, esto no es una simulación», ha repetido emocionada Lorde, que da a su música la apariencia de la autenticidad y la textura delicada de lo que es vulnerable, y por eso el minimalismo electrónico, exacerbado en directo, ha sido el sonido en el que más cómoda se ha sentido. Como si su vida estuviera siempre en riesgo de desbordarse, sus canciones han sonado como catarsis que no llegan a romper en hits ‘electrónicos’, salvo en casos excepcionales (al final del concierto, en ‘Supercut’, ‘Green Light’ y ‘Ribs’). Su especialidad son los detalles y las pequeñas historias confesionales, canciones para escuchar con auriculares que el éxito ha transformado en grandes experiencias colectivas como la de hoy. Porque un concierto de Lorde es un concierto para cantar.

¿La vieron en su anterior gira, la del relajado y contemplativo ‘Solar Power’? Esta gira de ‘Virgin’, su cuarto disco, es lo contrario: menos diva y mucho más física, sensual y abierta a la espontaneidad, con la intensidad de una sesión de gimnasio y consciente de que cuando hay drama, hay tensión, y cuando hay tensión, ella es más Lorde que nunca. A fin de cuentas, no todas las estrellas del pop juvenil leen a Annie Ernaux.

El segundo día del Mad Cool ha arrancado con la reina del disfrute. Pop brillante, atrevido cortesía de la estadounidense Renné Rapp. ‘Leave me Alone’ ha inaugurado el escenario principal, primer sencillo de Bite me, su segundo álbum. Rapp pertenece a esa nueva generación de estrellas estadounidenses que han saltado de la interpretación a la música con una naturalidad poco habitual.

Tras darse a conocer en Broadway y consolidarse como actriz en televisión en series como The sex lives of college girls , encontró en el pop su espacio natural. Sobre el escenario es ironía pura, es desafiante y es canalla, porque quiere. Y porque puede. Una mezcla de factores que grita «generación z» y, por eso, conecta tan bien con ella. Es explícita y habla el lenguaje de los veinteañeros – humor, energía y poco filtro-. Mad y Why is she still here demostraron que tanto hace pop como R&B, que lo hace con soltura y de esa forma desenfadada y cool y bien, muy bien. Durante casi una hora la estrella de broadway hecha icono pop, ha ofrecido todo lo que promete su música: actitud, personalidad. Disfrute contagioso.

«Es mi primera vez aquí. Estuve en Barcelona ayer y fue jodidamente divertido. ¿Podréis superarlo?», ha desafiado. La respuesta fue inmediata. Entre carcajadas, guiños y un repertorio que alternó el pop más afilado con momentos de R&B, Rapp ha dejado claro por qué se ha convertido en uno de los nombres propios de la nueva generación de estrellas poperas.

El de Zara Larsson ha sido un show donde más es muchísimo mejor. Diez minutos de retraso quedaron rápidamente perdonados. Ha bastado con que Larsson apareciera sobre el escenario para disipar cualquier atisbo de impaciencia. Color, brillo y la purpurina facial que se ha convertido en su seña de identidad. La sueca ha levantado un espectáculo de coreografías imposibles y estética dosmilera, tan heredera de Britney Spears como de Jennifer Lopez.

A Zara Larsson hace tiempo que se le quedó pequeña la etiqueta de promesa. La cantante sueca irrumpió siendo apenas una adolescente y, desde entonces, ha encadenado éxitos que la han convertido en una de las grandes exportaciones del pop escandinavo. Dueña de una voz poderosa y de un repertorio pensado para grandes recintos, ha sabido mantener un difícil equilibrio entre el pop comercial, la pista de baile y una identidad propia que la ha mantenido vigente durante casi una década.

Larsson es vocalista, pero, ante todo, sabe entretener. Su actuación ha sido tan musical como teatral. Un cuerpo de baile que, aun desplegándose grandiosamente, nunca ha llegado a engullir a la artista. Dance breaks, una voz que no se resiente y una presencia escénica que llena cada rincón del escenario.

Se ha subido a un coche rosa -no podía ser de otra forma-, se ha hecho un selfi con su público, se ha proclamado «Sexy!» y, al mismo tiempo, rapea, ha soltado un chorrazo de voz y movido su melena rubia sin parar. Un todoterreno de purpurina con el estéreo siempre sintonizado en un pop eterno.

Interactúa con el público con una naturalidad desarmante, como quien lleva toda la vida jugando en grandes escenarios. Y cuando suena Ain’t My Fault, el festival termina de entregarse. Una multitud corea cada palabra mientras Larsson confirma que el suyo es muchas cosas más que un repertorio de hits

Pocas horas antes de que Florence + the Machine tomara el escenario principal, lo hizo Jennie. Pocas artistas representan mejor la dimensión global que ha alcanzado el K-pop que ella. Integrante de BLACKPINK, el grupo femenino más influyente del género y uno de los mayores fenómenos del pop mundial de la última década, la surcoreana ha conseguido construir una identidad propia sin desprenderse del gigante al que pertenece.

Para gigante, ella. Abrió su set con un telón teñido de rojo que, al caer, dejó ver a la artista enfundada en un abrigo de pelo blanco y unas gafas de sol. «Estoy muy feliz de estar con vosotros esta noche», saludó en un español casi perfecto.

Drama y Start a War, tema de Ruby, su primer álbum en solitario, marcaron el tono de un espectáculo concebido a la escala que exige el K-pop: coreografías milimétricas, un cuerpo de baile perfectamente sincronizado, un despliegue constante de luces y proyecciones y una puesta en escena diseñada para no conceder un solo respiro. Jennie se movió por el escenario con la seguridad y el magnetismo de una auténtica diva del pop, dominando cada gesto y cada pausa.

Handlebars, su colaboración con Dua Lipa, fue una conquista absoluta. Cantante, rapera e icono de la moda, cada paso de su carrera se sigue con una devoción casi religiosa por parte de los Blinks, el incombustible ejército de seguidores de BLACKPINK. Basta un vistazo al público para comprobarlo: decenas de lightsticks – los característicos martillos rosas y negros del grupo, conocidos como Hammer Bong- iluminaban el recinto mucho antes de que empezara la música. Dracula, canción que comparte con el australiano Tame Impala y exitazo en listas, acabó de sellar el trato.

Jennie es la fórmula del estrellato llevada al extremo. Los ingredientes están medidos al milímetro: los looks, la voz, el talento, el desparpajo y una presencia escénica magnética. Pero también la capacidad de construir un universo propio en el que cada detalle (de la coreografía al vestuario, de las visuales a la actitud) contribuye al furor del público.

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