Cuando la presidenta de la corrida, doña Cristina Ibarrola, se sentó en el palco con una chaquetilla de inspiración torera, ya se podía sospechar que no venía muy en serio. Pero no tanto: una cosa es que Pamplona sea festiva y otra, este festival de chirigota. La puerta grande de Roca Rey y David de Miranda fue un cachondeo, una tómbola de pueblo, sin los mínimos argumentos más allá de la contundencia de las estocadas. A Ibarrola, exalcaldesa de la ciudad, la pitaron al principio del festejo por su filiación política (UPN), no por la casaquilla, pero cuando verdaderamente la debieron abroncar fue al final de la tarde.
Las faenas del peruano y el onubense carecieron de argumentos, más allá de la contundencia de las estocadas, para las dos orejas; corrida de Victoriano del Río muy lejos de la excelencia que acostumbra
Cuando la presidenta de la corrida, doña Cristina Ibarrola, se sentó en el palco con una chaquetilla de inspiración torera, ya se podía sospechar que no venía muy en serio. Pero no tanto: una cosa es que Pamplona sea festiva y otra, este festival de chirigota. La puerta grande de Roca Rey y David de Miranda fue un cachondeo, una tómbola de pueblo, sin los mínimos argumentos más allá de la contundencia de las estocadas. A Ibarrola, exalcaldesa de la ciudad, la pitaron al principio del festejo por su filiación política (UPN), no por la casaquilla, pero cuando verdaderamente la debieron abroncar fue al final de la tarde.
Victoriano del Río también se quedó muy lejos de las excelencias a las que acostumbra: la corrida, en consonancia con la tarde, fue más fácil que brava, más aparente que lujosa. La categoría estuvo ausente por dentro y también por fuera: una escalera de hechuras y seriedades. Alejandro Talavante cometió el pecado, visto lo visto, de irse andando con un lote que, aun con sus carencias, fue el más redondo para el toreo.
Roca Rey volvía a su feudo de la última década -a excepción del año pasado, que firmó en blanco- y triunfó de nuevo. Otra historia es que fuera de este modo. Un toro simplón, silleto pero bajo, de lomo quebrado y cara inexpresiva, abrió su lote, nada enamorante. Corretón y escaso de celo, fue también picado en la querencia, medido en los caballos. Apuntaba mimbres mansitos que se desvelaron demasiado pronto. A Roca Rey le dio para desplegar su repertorio. Esto es: un quite por saltilleras cambiadas y un arranque de faena con tres cambiados de rodillas para prender la mecha: «¡Perú, Perú, Perú!».
Después, realmente hubo poco: tras una primera serie de derechazos, el toro incrementó su pérdida de celo y, en su manejabilidad, quería irse más que embestir. Roca le dio fiesta -un molinete de rodillas por allí- y, como postre, lo enredó entre un circular, más espaldinas y un arrimón. La estocada fue lo verdaderamente importante. Pensé que, con esa resolución y conociendo Pamplona, podría caer una oreja. La sorpresa llegó cuando el público, embalado, siguió con la fuerte pañolada tras la concesión del primer trofeo e Ibarrola entregó las dos orejas. Inargumentables. De una facilidad rayana en el cachondeo. ¿Qué le diría el asesor Fernando Moreno a la presidenta? Vaya mitin.
Remató Roca Rey su primera cita de San Fermín con un quinto corpulento, basto por delante, de escaso perfil, una cara lavada Llevaba también poco dentro: ni clase ni casta. Lo mejor del astro peruano fue el brindis a Eugenio Salinas y Josemari Marco, de la MECA, y la inapelable estocada.
Alejandro Talavante cometió el pecado, visto lo visto, de irse andando con un lote que, aun con sus carencias, fue el más redondo para el toreo.
Estrenó la cinqueña corrida un toro grandón, muy largo, hondo y cabezón. De fría salida, emplazado de principio y suelto de capotes después, cobró un puyazo corrido en la querencia y otro, bastante malo, en la contra. Entonado se llamaba. Y así, como su nombre, fue todo lo que desarrolló. Obediente, sin ser un gran humillador pero sí repetidor, tenía un buen tramo y luego pasaba, sin esa profundidad última y categórica. Alejandro Talavante respondió con una faena en el mismo tono, entonado también, por una y otra mano. De tal modo, los entonados se entendieron. Bueno el uno; bien el otro. Un encuentro en el terreno de la corrección. La estocada necesitó del verduguillo por su travesía, y entonces Talavante se atascó en siete golpes de descabello.
Saltó como cuarto un castaño de buenas hechuras y abierta cara, que colocaba el hocico así hacia delante en posición de embestir. Lo que apuntó en el capote de Javier Ambel prometía, un son demasiado suave quizá. Alejandro Talavante brindó al público y se clavó de rodillas por derechazos en un principio de faena más efectista que conveniente para el toro. Tomaba con más estilo que vida los naturales volados por Talavante. Aquello no subía, y ya no sé qué pensar. Pues, aun limitaciones, su lote fue el más propicio para el toreo y bueno para triunfar en esta Pamplona festivalera. Volvió a echar las rodillas por tierra, se desplantó y le hicieron más caso. Un pinchazo, una estocada, una ovación.
Fue el tercero un toro desgarbado, muy despegado del piso, alto y caballuno. No se movió nada bien, pero fue sin maldad. David de Miranda debió haber buscado otro quite que no fuera por saltilleras, el mismo de Roca Rey. No hubo más en toda la tarde y le quedó, además, regular. Ni descolgaba ni se empleaba el toro -cada vez más encogido-, y Miranda, en esa tesitura, se tapa poco. La espada se le atragantó. Dejó mejor imagen con el sexto, más armonizado de trapío que el anterior -no era difícil-, manejable y muy a menos. Ideal para su tauromaquia de cercanías. Se arrimó mucho, abrochó por manoletinas y enterró un señor espadazo. Otras dos orejas cuando apenas había petición de la segunda. De chirigota Pamplona, ya digo. Cuando venga lo bueno, no lo sabrán ver.
MONUMENTAL DE PAMPLONA. Jueves, 9 de julio de 2026. Quinta de feria. Lleno de «no hay billetes». Toros de Victoriano del Río, todos cinqueños; una escalera de hechuras y seriedades; de escasa bravura y fácil manejo, sin transmisión ni clase; destacaron 1º y 4º dentro de un orden.
Alejandro Talavante, de blanco y plata con cabos negros. Estocada atravesada y siete descabellos (silencio); pinchazo y estocada rinconera (saludos).
Roca Rey, de azul pastel y oro. Estocada (dos orejas); estocada y descabello. Aviso; estocada (silencio).
David de Miranda, de blanco y plata. Cuatro pinchazos y bajonazo (silencio); estocada (dos ortejas). Salió a hombros con Roca Rey.
Noticias de Cultura

